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Villa Constitución 14/10/2026

Personaje de la Semana: Juan Carlos Pytel

Nacido en Venado Tuerto, llegó a Villa Constitución a los 30 años y construyó gran parte de su historia, desarrolló una trayectoria entre la industria, la educación y el compromiso comunitario.



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Nació en Venado Tuerto el 15 de febrero de 1950, el año del centenario de la muerte de José de San Martín y en la fecha del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento, coincidencia que todavía cuenta con humor. A los 30 años llegó a Villa Constitución, recién recibido de ingeniero electricista, para trabajar en Acindar. Había iniciado la carrera a los 24 y ya era técnico mecánico, formado en la ENET Nº 1 de su ciudad natal. En su juventud fue operador de una radio AM y trabajó en Canal 4 de Venado Tuerto. “La radio es muy linda; ese ambiente es familiar para mí”, recuerda.

En 1967, mientras estudiaba en el Industrial, comenzó a trabajar con un amigo en Canal 4 de Venado Tuerto. Ese año, Racing venció al Celtic de Escocia con el gol del Chango Cárdenas y se consagró campeón del mundo. El partido llegó al canal en dos cintas abiertas: una contenía el primer tiempo y la otra, el segundo. Pero las emitieron en el orden equivocado. Así, en la transmisión local, Racing apareció primero ganando 1 a 0 y después volvió al empate sin goles. “Fue el único caso de la historia en que Racing empezó ganando y en el segundo tiempo iba cero a cero”, bromea al recuperar aquella confusión de los años en que la televisión dependía de rollos, operadores y mucha atención detrás de cámara.

Ya en nuestra ciudad, en Acindar integró la Gerencia de Ingeniería y participó en tareas ligadas a los trenes 1, 2 y 3. También puso en marcha el SAMA, sistema técnico-administrativo que permitía seguir equipos, compras y gastos antes de la llegada de SAP. Más adelante creó una empresa de asesoría que continúa en actividad y en la que trabajan sus hijos. Su impulso profesional nunca quedó encerrado en la fábrica. “Siempre disfruté mucho de trabajar”, dice, como si en esa frase cupieran décadas de jornadas repartidas entre responsabilidades industriales y educativas.

Fue directivo en la Escuela Nº 669 y, desde 1980 hasta 2013, se desempeñó en la Escuela San Pablo como jefe de laboratorio y profesor de materias afines a la ingeniería. A veces salía de la planta sin horario preciso y se cruzaba con exalumnos que aún lo saludaban como “ingeniero” o “profesor”. “Es como si a un chiquito lo hubiera agarrado la máquina del tiempo y apareciera con la misma cara. La docencia es hermosa”, cuenta. En esas voces reconoce una huella que no figura en ningún plano ni en ningún sistema.

En Venado Tuerto conoció a Virginia Isabel Colombo cuando ella era locutora y él operador de estudio. Llevan más de cinco décadas de matrimonio. Tuvieron tres hijos: Juan Andrés, Laura y Juan Pablo. La familia se amplió con seis nietos: Alma (17 años), Paloma (14), Agustina (25), Pía (12), Milo (5) y Juan (6) que lleva el mismo nombre y apellido que su padre, un inmigrante ucraniano llegado a la Argentina a causa de la guerra. Hablar de ellos le cambia el ritmo de la voz: “Tener nietos es lo más lindo que puede pasar”.

Su vida pública encontró otro cauce en Rotary Club. Ocupó funciones de vicepresidente, vocal y responsable de difusión, aunque todavía posterga la presidencia. Allí abraza una idea inspirada en las máximas de René Favaloro: nada importante se sostiene en soledad. “Uno de los problemas que tenemos los argentinos es que nos cuesta trabajar en equipo”, afirma. La respuesta está en los hechos: cinco desfibriladores gestionados para el hospital, mantas confeccionadas por la rueda femenina, una balanza profesional para un centro comunitario, sillas de ruedas y ayuda periódica para comedores.

Dejó la actividad laboral en 2020, durante la pandemia. Volvieron a buscarlo, pero eligió no regresar. Sus metas actuales parecen menos ligadas a un cargo que a seguir acompañando: sostener el espíritu comunitario, colaborar con quienes atraviesan dificultades y disfrutar de los reencuentros, como el de sus antiguos compañeros del Industrial. También le queda alguna deuda doméstica, dicha entre risas: perfeccionar el asado, una tarea que durante años delegó y que ahora ensaya con entusiasmo.

Villa Constitución, afirma, es una ciudad integradora. Lo comprueba cuando ve a su nieto compartir el club con chicos de historias muy diferentes y cuando repasa los nombres acumulados en más de cuatro décadas. “Creo que he hecho todo lo que pude”, admite como un balance sereno de quien aprendió que el tiempo borra horarios, cambia tecnologías y cierra lugares queridos, pero deja rostros que regresan en una vereda, una escuela o una mesa familiar. En ese regreso vive su recompensa: la certeza de haber avanzado sin estridencias, acompañado por otros, mientras los años convertían el esfuerzo cotidiano en memoria.