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Villa Constitución
Retrato de la maestra italiana que sembró su vida en nuestra ciudad
La historia de una familia que llegó desde Europa en 1949 y la decisión de adoptar la ciudadanía argentina para abrirse camino en la educación pública local, extendiendo una tradición pedagógica que hoy continúa en las nuevas generaciones.

La docente jubilada María Gracia Piazza compartió su emotiva historia de vida y su extensa trayectoria pedagógica en nuestra ciudad, desde su llegada como inmigrante en 1949 hasta consolidar una profunda carrera en las aulas.
Nacida en Biella -Italia- repasó los sacrificios familiares de la posguerra, la necesidad de adoptar la ciudadanía argentina para ejercer el magisterio y la continuidad de su vocación en las nuevas generaciones de su hogar.
Su viaje comenzó muy lejos, en la región de Piamonte, cerca de la frontera con Suiza. En aquel entonces, la realidad de una Europa devastada por el conflicto bélico impulsó a su familia a buscar un nuevo horizonte en el sur del continente americano, motivados por una oportunidad laboral. “Vinimos acá a la Argentina, toda la familia, mis padres contratados por Cilsa, mi mamá como maestra de telares y mi papá como mecánico. Nos arraigamos en esta ciudad tan querida tanto para mi familia como para mí, es el lugar donde me he criado, donde me he formado, donde he formado la familia, amistades”, relató. En este entorno, cursó sus estudios primarios y secundarios en la antigua Escuela Normal Nº 5, egresando con el título de maestra de grado.
Antes de volcarse por completo al dictado de clases, el plano laboral la llevó por diferentes rumbos, desempeñándose como cajera en un comercio local y cumpliendo funciones durante seis años en el área de IBM dentro de la empresa Acindar. Posteriormente, optó por un retiro temporal para acompañar el crecimiento de sus hijos pequeños, un período que reactivaría su verdadero destino profesional. “Surge esta vocación, precisamente cuando mis hijos se inician en la escuela. Ahí me di cuenta que eso era lo que quería, me anoté y enseguida me llamaron”, recordó María Gracia. Sus primeros pasos los dio en la misma Escuela Normal y, en el año 1974, se incorporó a la vieja Escuela Mariano Moreno, donde permaneció hasta obtener su titularidad, combinando más adelante los turnos diurno y nocturno para equilibrar sus obligaciones familiares.
El compromiso con las aulas la colocó ante una encrucijada legal en el año 1981, debido a las normativas vigentes que impedían a los ciudadanos extranjeros ejercer la docencia en el sistema público. Su respuesta fue un acto de entrega absoluta hacia la comunidad que la había cobijado desde la infancia. “Me naturalicé argentina, precisamente en el año 81, porque sino no podía dar clase al ser extranjera; tenía que sí o sí ser ciudadana argentina, así que soy italiana de origen, pero argentina por todo”, detalló. Ese arraigo convivió siempre con el lazo hacia su tierra natal, a la cual regresó en viajes colmados de nostalgia durante los años 1996, 2004 y 2011. En esas oportunidades, experimentó emotivos reencuentros afectivos con primos que no había conocido previamente, comprobando que, a pesar de la distancia, la sangre tira y genera una comunión inmediata.
El paso del tiempo transformó aquella historia de desarraigo en un frondoso árbol familiar donde la tiza y el pizarrón se volvieron una herencia compartida, ya que sus tres hijos decidieron seguir sus pasos profesionales en el ámbito educativo.
Con la serenidad de quien observa el fruto de su esfuerzo reflejado hoy en seis nietos y dos bisnietos, María Gracia atesora el presente con la máxima plenitud de sus afectos cotidianos. “Mi familia son mis amores y el motor de mi vida”, expresó al definir el significado de su entorno íntimo.
De manera independiente a ese profundo refugio familiar, guarda un sentimiento idéntico de gratitud hacia el suelo que recibió a sus padres cuando escapaban del dolor de la guerra. Aquel genuino cariño por el territorio adoptivo permanece intacto en su memoria como el tributo más fiel a sus raíces y a la tierra donde eligió florecer. “Mi papá amaba Villa Constitución y yo también amo Villa Constitución”, cerró de forma entrañable, coronando el sentido de una vida que echó raíces definitivas en nuestra ciudad.